
por DANIEL ABAD
Cada vez que alguien proclama su convencimiento de la no existencia de Dios, lo único que encuentra es un asesinato frustrado, pues nadie puede probar la NO EXISTENCIA DE DIOS, y más necio es pretender organizar sus funerales. Matar a Dios o negar su existencia es anularse a uno mismo, pues tal como escribiría José M. Martínez: La muerte de Dios supondría la muerte del hombre.
El ateísmo marxista basa su doctrina en la eternidad de la materia, afirmando que esta ha existido desde toda la eternidad, y en consecuencia no necesita un Dios-Creador. (Visto desde esta perspectiva, el peso de esta razón es contundente, siempre que omitamos la otra versión de esta teoría y posición científica). La pregunta que nos hacemos aquí no es tanto científica como casi personal: ¿Por qué los ateos se empeñan tanto en querer demostrar la no existencia de Dios? Según algunos datos recogidos de algunos de sus mayores representantes (estamos pensando en Marx, Freud y Nietzsche principalmente), su motivación puede ser debida a un sentimiento de odio hacia este mismo Dios que ellos desean anular. Sin embargo, una cruel realidad les hace frente con el actual retroceso que sus ideas están teniendo en nuestro mundo: Casi por todas partes informaba el periódico Le Monde el materialismo dialéctico como instrumento de análisis histórico está en retroceso. Si puede decirse que Marx ha muerto ya en el Este, el marxismo apenas resulta operativo en la historiografía occidental.
Si el cosmos comenzó, necesitó de un Ser distinto del cosmos que lo puso en la existencia. De la nada absoluta, nada sale. A este Ser Creador del cosmos le llamamos Dios. Por eso el materialismo marxista es imposible(1)
Creer en Dios exige un acto de fe, pero posiblemente se necesita una mayor dosis de esta fe para negar su existencia. El científico italiano Antonio Chiichichi, en relación con esta última afirmación, dice en II Tempo de Roma:
El ateísmo no tiene a sus espaldas ni la Ciencia ni la razón. El ateísmo es también un acto de fe. La única diferencia es que el ateo tiene fe en la nada, y el cristiano la tiene en Dios. Quien quiera profesar la fe en la nada, que continúe siendo ateo; pero a condición de que no pretenda que su opción esté motivada por razones científicas.
El estudio de Dios no es objeto de la Ciencia, sino de la Teología. Robert Jastrow, científico y autor internacionalmente reconocido, en su libro Dios y los astrónomos escribe con riguroso acierto: Cuando el astrónomo llega a la cumbre de sus conocimientos del origen del cosmos, le dan la bienvenida los teólogos que estaban allí desde hace muchísimos siglos.
Dios mismo afirma que sin fe no se le puede encontrar y que ... es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay (Hebreos 11:6), con lo cual todos los demás caminos para pretender llegar a Él son inútiles, y todo aquel que desea creer en Dios debe saber que su fe, y no su razón, será la que le haga ver las cosas (2 Corintios 5:7). Pero esa presunta dificultosa fe que el Creador divino exige al ser humano es mucho más lógica y racional que la postura atea de negar su existencia aceptando mutuamente la existencia y evolución de nuestro universo, con toda su compleja y maravillosa perfección, sin la intervención de una mente superior e infinitamente inteligente. Resumiéndolo de otro modo, es más absurdo creer que todo lo que existe en nuestro mundo y su sistema es un producto de la casualidad y la combinación de elementos químicos sin control (prefiero ser crédulo en que Santa Claus vive en el Polo Norte antes que lo anteriormente citado). Ives Congar en su libro Dios, el hombre y el cosmos escribía algo parecido del siguiente modo: En el simple plano de las razones y de las pruebas, podríamos decir que las posibilidades de la existencia de Dios son incomparablemente mucho más grandes que las de su no existencia; y los hombres lo adivinan así. Por eso Alexis Carrel, Premio Nobel de Medicina, afirmó: No soy lo suficientemente crédulo, para ser incrédulo.
Además cabe aclarar que no necesariamente la ciencia está reñida con la fe como se suele pensar. Más bien al contrario, pero resulta imposible en estas pocas líneas iniciar aquí una demostración de cómo la Biblia y la ciencia muchas veces se encuentran en una misma línea común. No obstante, para dar satisfacción a ello será suficiente la declaración de Poggendorff en su Dictionaire des Sciences Exactes, donde declara que entre 8847 nombres de sabios la inmensa mayoría son creyentes.
Todo lo explicado hasta aquí nos lleva a reflexionar sobre cuán débil es la opinión del ser humano en relación con temas que sobrepasan su entendimiento (y lo referente a Dios le supera en todo). Cristo mismo ya lo manifestó al decir que el hombre no siempre entiende las cosas que le son accesibles (la ciencia de las cosas que le rodean materialmente); con mayor razón aún no entenderá la infinita ciencia de Dios. Hoy, cuando creemos dominarlo todo y que los avances tecnológicos y el conocimiento científico está en su cenit, es sorprendente descubrir cuántas cosas siguen ocultas a nuestro saber, muchas de ellas sencillas y muy cercanas a nosotros.
En las cosas referentes a Dios y su existencia, el ser humano debe estar callado y aprender del Ser Divino mismo.
Pero hay esperanza escribiría José M. Martínez --. El materialismo ha fracasado. Del fondo del ser humano, siempre surge una voz que confiesa: «Mi alma tiene sed de Dios» (Salmo 42:2). Millones de cristianos, en la modestia y el anonimato, siguen viviendo dignamente, en todo el mundo, la experiencia de la fe. Ellos constituyen una fuerza espiritual invencible, como invencible ha sido el pueblo cristiano en todos los tiempos.
Tu propia vida puede ser este lugar que no permite a Dios manifestarse. Al negarte a su realidad, de alguna forma consigues que Él no exista para ti. Pero lejos de ser un logro, es una total auto condenación que te impones. Sin saberlo, tu actitud es similar a aquel sorbo de licor Sake que ingerían por última vez los kamikazes japoneses de la II Guerra Mundial antes de ir a estrellarse contra sus objetivos enemigos.
La expresión utilizada muy a menudo por el cristianismo cuando declara que Cristo ha de nacer en tu corazón es el paso necesario para que la inmutable existencia de Dios venga a ser beneficiosa para ti en particular. Lo quieras o no, Dios ya existe, y tal como escribiría Graham Greene: Dios no deja de existir por el hecho de que los hombres dejen de creer en Él. Si te empeñas en hacer morir a Dios en tu propia vida, únicamente lograrás morir tú mismo.
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Referencia: EL HERALDO DEL PUEBLO, No. 139 _______________________________________________________________________________
Notas: (1) Claude Tresmontant: Ciencia del Universo y problemas metafísicos, pp. 33, 52, 57 y 73 (Ed. Herder. Barcelona).
Algunas de las citas usadas en este artículo han sido usadas con permiso desde un documento estito por Jorge Loring, S.J. y ubicado en la siguiente sección en Internet: www.encuentra.com/includes/documento.php?IdDoc=2395&Sec=269
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