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20 ENEMIGOS DEL MATRIMONIO

El Descuido de los Detalles

Las grandes cosas están formadas por partículas muy pequeñas. Un matrimonio es una pareja de novios que se han casado. La vida está compuesta de detalles, de cosas muy sencillas. Es incomparable la alegría de comer de los pobres. No somos más que niños grandes. Aunque seamos muy modesto, la palabra de alabanza o de elogio siempre surte sus buenos efectos.

Es más común en el hombre el olvido de los detalles. La mujer es más sensible a ellos y los necesita más. Decía un poeta: “Eres tan mía que hasta te desatiendo”. El verso está logrado, pero en el matrimonio hemos de llevar una maleta que dure todo el viaje, bien cargada del abono de los detalles. El olvido de un cumpleaños, de un aniversario de bodas, de algún hecho feliz y sobresaliente de la pareja, es algo casi imperdonable por la mujer.

Unas flores, algo que parece tan frívolo, pueden hacer saltar de alegría el corazón de una esposa. Un perfume, una salida a comer fuera, una invitación a ir de tiendas, etc., son detalles que refrescan y hacen agradable la vida matrimonial. A la mujer hay que aconsejarla menos, porque generalmente ella responde y recompensa con creces las atenciones del marido, a menos que sea una criatura muy extraña y retorcida. Una llamada por teléfono desde cualquier lugar, una tarjeta, o carta, si hay largas ausencias, hacen a la esposa sentirse orgullosa del “mejor marido del mundo”.

Unas flores, algo que parece tan frívolo, pueden hacer saltar de alegría el corazón de una esposa. Un perfume, una salida a comer fuera, una invitación a ir de tiendas, etc., son detalles que refrescan y hacen agradable la vida matrimonial.

Los piropos entre esposos son los más apreciados del mundo. Es verdad que muchas veces nos da vergüenza decirnos algunas cositas de enamorados, pero cada uno o cada una, debe usar sus propios métodos para estos detalles.

No debe usarse la palabra feo, o fea, u otras peores como gordísima, monstruoso, apestoso, etc.

Se puede decir de un vestido, que te queda mejor que otro, pero no que aquel te queda mal, o te hace fea.

Recuerdo todavía un piropo que me dijo mi esposa hace ya varios años. Estuvimos con un compañero del ministerio pasando el día. Tras separarnos de él, en un comentario sobre que teníamos la misma edad él y yo, ella me dijo sin vacilar: “Pues la verdad, parece más bien tu padre”. Esto me hizo sentir joven. Nada, una tontería, pero me gustó mucho.

Los piropos en el acto sexual son buenas pruebas de cariño, cuando hay amor, y no deben ser despreciados. En un momento en que las emociones están a tope, se pierde la vergüenza de decir frases cariñosas y no dejan de tener autenticidad. Por el contrario, cuando hay indiferencia, falta de amor y de respeto mutuo, la pareja puede llegar a decirse horrores para estimularse.

Y por último, nunca viene mal una buena dosis de humor. Hay cosas que tienen solamente la importancia que le demos. Es necesario reírse y, si es posible, hasta de uno mismo. El matrimonio es una cosa seria, pero a la vez divertida. Muchas peleas grandes comienzan por una tontería sin importancia. A menudo, un poco de buen humor apaga el fuego de la ira.

Se cuenta de una pareja que llevaba veinte años de casados. Un día ella quiso hacer el plato favorito del marido, pero le quedó intragable. Así que se lo sirvió, esperando el reproche. El comenzó a comer y, de pronto, se puso de pie, fue donde su mujer, la tomó en los brazos y comenzó a besarla. Ella, más confundida que alegre, le preguntó: “¿Por qué me besas y haces esto si ese plato me ha quedado horrible?”, a lo que él respondió: “Lo hago porque has guisado como una recién casada”.

¡Ah!, un detalle: No olvides poner delante de Dios a tu cónyuge; es lo más precioso que te ha dado y pide, además, que te de la sabiduría necesaria para que tu matrimonio siempre sea cosa de tres.

LAS CUATRO ESTACIONES Y TÚ

Cuando la vida muestra

Sus más bellos intentos,

Y canta la mañana

Y florece el almendro,

¡te quiero!

Cuando juegan los niños

sin horas de colegio,

y despiertan las playas

un loco sentimiento,

¡te quiero!

Cuando dejan los álamos

su traje amarillento

y lloran los rosales

su éxodo de pétalos,

¡te quiero!

Cuando las noches largas

acortan los recuerdos,

y amanecen al sol

tiritantes abuelos,

¡te quiero!

Y finges todo el año

que te cuesta creerlo,

y es mejor, porque entonces

te sigo repitiendo:

¡TE QUIERO!

(Poema dedicado a mi esposa en el 25 aniversario de bodas.)

El Materialismo

Cuando señalo este enemigo del matrimonio, no me refiero al materialismo como sistema o como filosofía política, sino a la búsqueda incesante de lo material.

Vivimos en una sociedad de consumo en la que muchas veces nos vemos consumidos. Lo que la tecnología nos da por un lado, nos la quita por otro, si no buscamos de verdad el reino de Dios y su justicia. Parece que todo está hecho para una sociedad en desarrollo, que va marcando a los débiles y marginando a los que no pueden competir. La propaganda nos hace creer que son indispensable cosas que podríamos pasar sin ellas.

Cada día se llenan más y más las viviendas de adornos, aparatos y muebles, pero van quedando más vacíos de calor familiar.

Preferimos trabajar más y hacer un buen depósito bancario, o competir con el último equipo de sonido o mueble que ha adquirido el vecino, que invertir más horas en el hogar y depositarlo en los hijos, en la esposa.

Esta idea de la autosuficiencia, al final, nos hace cada día más vulnerables ante la realidad humana.

El materialismo es un enemigo muy sutil, porque la motivación o finalidad es aparentemente buena. Cuán a menudo observamos con tristeza que lo que se gana en bienes materiales se pierde en compañerismo, en calor familiar.

El dueño de una empresa de juguetes, ante la recesión económica, dijo muy animado a sus colaboradores: “No habrá crisis en la venta de juguetes, aunque la economía de la nación está semiarruinada. Los juguetes se seguirán vendiendo cada día más porque los padres, al no poder estar con los hijos, descargan un poco de su culpabilidad al regalarles juguetes”. Es algo así como las ganas de darle vida e identidad a quien no la tiene, y disfrazar la vida y la identidad de quien la debe tener. Esto es un negocio, un producto del marketing, pero aprovechando una real y triste conyuntura social. Cada día se fabrican más casas, pero se destruyen más hogares. Cada día se llenan más y más las viviendas de adornos, aparatos y muebles, pero van quedando más vacíos de calor familiar. Se trabajan más horas y se contraen más deudas para adquirir el automóvil del año, o sea, un vehículo para salir, pero se pierden el placer de entrar y estar en casa.

En esa lucha materialista desesperada, manipulada en gran parte por los intereses creados, no nos queda tiempo de mirar los valores que ya tenemos, porque corremos detrás del tesoro incierto de los placeres momentáneos.

Cristo lo dejó ver en la parábola del Hijo pródigo, en la que buscaba desesperadamente fuera lo que tenía de sobra en casa.

El materialismo es un enemigo muy sutil, porque la motivación o finalidad es aparentemente buena. Cuán a menudo observamos con tristeza que lo que se gana en bienes materiales se pierde en compañerismo, en calor familiar.

Con tratamientos distintos, este ejemplo, se repite en la literatura, como en el caso de La Balada del Buscador de Tesoros, de José A. Buesa:

Nadie supo su nombre:

Era un solo ojo gris y una pipa apagada.

Doscientos años antes,

hubiéramos creído que era un viejo pirata.

Su casa, frente al mar,

era apenas un techo y una tapia.

A veces parecía menos viejo,

hablando de tormentas y de islas lejanas ...

No, no, ya no hay tesoros;

yo lo sé bien ... -- decía y suspiraba --.

El humo de la estufa

lo hizo toser de pronto,

cuando quemó sus mapas.

Buscador de tesoros,

le crecieron las manos en el pico y la pala.

Cien años removiendo litorales de olvido,

y nunca encontró nada ...

Cuando murió en un sueño,

la canción del domingo movía las campanas.

Se quedó para siempre con las manos vacías.

Su pipa estaba rota debajo de la hamaca.

El cementerio de pescadores

era un muro de conchas al final de la playa.

Aquella noche subió el mar.

Fueron sesenta cruces humildes bajo el agua.

Y dijo el cura: "Hay que enterrarlo

aquí, en el patio de su casa".

(Sin su pipa en la boca parecía más viejo.

Yo le eché en un bolsillo su cuchara de plata).

Algo tembló en su mano,

al olor de la tierra y el ruido de las palas.

Y nosotros cavábamos la fosa,

con el largo de un remo,

con el ancho de una ancla.

Y sabedlo: allá abajo,

Miska, el grumete cojo vio una cosa olvidada.

Y era un cofre, sabedlo:

¡Y fue un fulgor de joyas cuando saltó la tapa!

Cien años removiendo litorales de olvido,

Y nunca encontró nada.

“No, no, ya no hay tesoros;

yo lo sé bien ...” -- decía y suspiraba --

Oh, nadie como él, nadie,

conocía las grutas de las islas lejanas.

Y estaba allí, sabedlo:

¡allí, en el patio de su casa!

Conclusión: Perdió toda su vida buscando tesoros por las islas y los mares y, sin embargo, lo tenía en el patio de su casa.

J. Luis Perales, el famoso compositor y cantante español, en Una barca llamada Libertad, expresa algo más fugaz y no muy materialista, pero sí egoísta, este mismo sentir.

Que sepamos de una vez por todas, que armarios y joyeros llenos, no compensan el perjuicio de corazones vacíos de amor.

Si se poseen las cosas y se pueden disfrutar juntos y en paz, enhorabuena; pero si las cosas o el medio para conseguirlas no poseen, entonces somos esclavos y no libres para cumplir el propósito de Dios en nuestro matrimonio.

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por Rodolfo Loyola

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