
(Reflexión previa a la guerra en Irak)
Querido amigo:
Es posible que cuando se publique este artículo halla estallado la guerra contra Irak. No parece probable que los esfuerzos diplomáticos, las manifestaciones multitudinarias y todos los demás esfuerzos que se han hecho para impedir el conflicto vayan a dar el fruto de la paz (Ojalá nos equivoquemos).
En cualquier caso, y aun cuando solo fuera por la convulsión mundial que la posibilidad misma de la guerra ha producido, haríamos bien en reflexionar en este fenómeno llamado guerra que tuvo su comienzo en los albores mismos de la Humanidad, cuando Caín mató a su hermano Abel.
No es nuestro propósito hacer una valoración política o social de la situación actual, que no entra en los parámetros de esta publicación. Aun el escritor británico Ian McEwan (con un enfoque bastante impopular, suponemos) defendía en un artículo publicado en EL MUNDO (17-02-03) su derecho a la ambivalencia, al no posicionamiento. La tentación sería, desde luego, servir tópicos de pancarta, apoyar la opción más popular. Pero no lo vamos a hacer, y esto no solo porque ya lo está haciendo todo el mundo, sino porque estamos convencidos, con todos los respectos, que en estas y en muchas otras cosas las opiniones tienen que ver más con la superficie que con la raíz de las cosas, más con los efectos que con las causas. Lo que se busca no es eliminar el fango, sino que este nos manche lo menos posible.Pero aun el tratamiento superficial del problema resulta bastante incoherente y contradictorio. Nos parece bien que la gente se manifieste masivamente contra la guerra actual; ¿pero dónde estaban esos manifestantes cuando, por ejemplo, Sadam Husein masacró un cuarto de millón de kurdos? En el último cuarto de siglo XX hubo enormes genocidios en distintos lugares del planeta; ¿cuántas voces se alzaron entonces de forma tan rotunda como ahora? Con motivo de la anterior Guerra del Golfo, el Papa se manifestó claramente en contra, diciendo que la guerra era un camino sin retorno. Pero, nos preguntamos, ¿por qué un antecesor suyo guardó un vergonzoso silencio ante el Holocausto nazi? ¿No será todo porque, como canta Leonard Cohen, la santa paloma de la paz será capturada de nuevo, comprada, vendida y comprada de nuevo; la paloma nunca es libre? Que cada uno saque sus propias conclusiones.
Lo que a nosotros nos interesa es el fondo de la cuestión. Jesucristo lo expresó de forma inigualable en su famoso Sermón del Monte: Habéis oído que se dijo a los antepasados: NO MATARÁS y: Cualquiera que cometa homicidio será culpable ante la corte. Pero yo os digo que todo aquel que esté enojado con su hermano será culpable ante la corte; y cualquiera que diga: Raca a su hermano, será culpable delante de la corte suprema; y cualquiera que diga: Idiota, será reo del infierno de fuego (Mateo 5:21-22). ¡Eso sí que es poner el dedo en la llaga! Y precisamente por eso, es lo que menos queremos escuchar. No lo veremos desplegado en ninguna pancarta. No será voceado a coro. No se oirá por la megafonía. Pero es la clave de todo.
El apóstol Santiago (cuyo sarcófago parece haberse hallado recientemente) remacha aún más si cabe las palabras de su Maestro. Él pregunta: ¿De dónde vienen las guerras y los conflictos entre vosotros?; y él mismo da la certera respuesta: ¿No vienen de vuestras pasiones que combaten en vuestros miembros? Codiciáis y no tenéis, por eso cometéis homicidio. Sois envidiosos y no podéis obtener, por eso combatís y hacéis guerra (Santiago 4:1-2). No nos engañemos. En última instancia, el problema no está en el fanatismo del rozagante Husein ni en el belicismo de Bush. La raíz del mal está en esos sentimientos erróneos que, de una u otra manera, todos albergamos en nuestros corazones. Esos sentimientos que enturbian las relaciones conyugales, familiares, laborales, sociales y políticas.
Pero contra eso, nadie parece rebelarse. Nadie se moviliza, nadie orquesta una marcha, una sentada, una concentración, un encierro, una huelga de hambre. Es más fácil manifestarse contra las consecuencias extremas y dramáticas que representa una guerra.
¿Quiere decir esto que el problema no tiene solución?; ¿qué solo podemos cruzarnos de brazos o hacer esfuerzos condenados al fracaso? No, hay una solución, pero no está en las manos del hombre. Porque la enemistad entre los seres humanos (por grave y fundamental que sea) no es sino el resultado de la enemistad que existe entre los hombres y Dios. Y mientras el hombre no se reconcilie con Dios, no podrá reconciliarse verdaderamente con los demás.
Ahí esta la esencia del Evangelio: Porque si cuando éramos enemigos fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, habiendo sido reconciliados, seremos salvos por su vida, dice el apóstol Pablo (Romanos 5:10). Solo Cristo, mediante su sacrificio, pudo quitar de en medio la causa de la enemistad: el pecado del hombre, y de esa manera hacer la verdadera paz: Y por medio de Él reconciliar todas las cosas consigo, habiendo hecho la paz por medio de la sangre de su cruz (Colosenses 1:20).
Querido amigo, ni tú ni yo podemos hacer algo realmente efectivo para solucionar las guerras de este mundo. Pero hay algo que sí puedes hacer para ser parte de la solución y no del problema de la guerra interior: reconciliarte ahora mismo con Dios por medio de Jesucristo y vivir en adelante irradiando la paz que brota de la Cruz.
¡DI NO A ESA GUERRA!
por Demetrio Cánovas
EL HERALDO (Nº 140)
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